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EL PESIMISMO CONTINUADO ES LA ANULACIÓN DEL PENSAMIENTO

El pesimismo continuado es la anulación del
pensamiento



domingo, 21 de agosto de 2016

¿Para qué (coño) sirve la filosofía? VII. La filosofía como práctica.



A eso de qué será la filosofía tal vez pueda responderse (en parte) dilucidando este otro interrogante que titula esta nuestra sección (fija).
Digamos que una de las posibles respuestas es entender la filosofía como una actividad práctica, al modo en que lo hacía Pierre Hadot
En la actualidad esa postura está representada por ejemplo por Martin Cohen, filósofo británico con varios libros divulgativos y muy amenos (y no por ello exentos de rigor) como 101 dilemas éticos o 101 problemas de filosofía (ambos best-sellers, por cierto).
Precisamente en la contraportada de este último (al menos en la edición española de Alianza Editorial, 2003) encontramos otra de las respuestas a nuestra pregunta:
MARTIN COHEN retoma la aspiración original de la filosofía como actividad, como capacidad que hay que desarrollar, ya que, como apuntara en su día Bertrand Russell, son los interrogantes que plantea la filosofía los que amplían nuestra concepción de lo posible y enriquecen nuestra imaginación intelectual.1



Claro que para muchas de las preclaras mentes de nuestros contemporáneos la ampliación de nuestra concepción de lo posible será considerado algo inútil o hasta nocivo para la salud: 

¿acaso no están los límites de lo real, de la moral, de lo bueno y de lo malo, de la libertad, de los derechos, de las explicaciones (posibles) del mundo, perfectamente delimitados desde hace años, incluso siglos?

¿No ha quedado claro que debemos ser todos emprendedores (pero sólo en un determinado sentido, claro)? 

¿No es obvio que lo más saludable para todos es tomar al (pen)último analfabeto televisivo como modelo a imitar?  

¿Alguien duda de que la receta para la vida feliz es claramente la representada por el estado y la familia pequeño-burguesa? 

¿Acaso no sabemos que este es el mejor de los mundos posibles4 y que, por tanto, sus "crisis" cíclicas (cuando no permanentes) son aspectos inevitables que debemos aceptar (puesto que no es posible) cambiar nada (sería de locos pensar que eso es posible)?


En el universo del utilitarismo, en efecto, un martillo vale más que una sinfonía, un cuchillo más que una poesía, una llave inglesa más que un cuadro: porque es fácil hacerse cargo de la eficacia de un utensilio mientras que resulta cada vez más difícil entender para qué pueden servir la música, la literatura o el arte.2

...  O la filosofía.


...Was bleibet aber, stiften die Dichter...3



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1 La negrita es de elasesorfilosofico.
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2Nuccio Ordine, La utilidad de lo inútil. Manifiesto . Ed. Acantilado, 2013.
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3Hölderlin
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4Según una interpretación ingenua de la teodicea leibniziana (luego ridiculizada por el Cándido de Voltaire, como es sabido). La adoptamos aquí no afirmando que Leibniz dijera eso, sino -por contra- afirmando que eso es lo que acríticamente muchos (conociendo o no la Teodicea leibniziana) creen.
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domingo, 1 de mayo de 2016

Gadamer: Historia de la Filosofía en Youtube

Seguimos con nuestra labor de subir a nuestro canal de YouTube la Historia de la Filosofía narrada por Gadamer con los subtítulos en español.  Ésta es la cuarta parte.


Historia de la Filosofía por Gadamer.  4ª parte



miércoles, 23 de marzo de 2016

A vueltas con (el miedo a) la muerte

En esta otra entrada de elasesorfilosofico, dedicada a Cioran, veíamos que la estructura ontológica del hombre es la de un ser-para-la-muerte.

A pesar de los muchos intentos que haya hecho la humanidad por intentar erradicar el miedo a la muerte, éste (o, al menos, incluso en el más voluntarioso de los humanos, una cierta angustia) permanece.  ¿Por qué?  Intentemos responder, brevemente, a este interrogante fundamental.

Seguramente el más famoso de los intentos de eliminar el miedo a la muerte sea el adagio que aparece en la Carta a Meneceo de Epicuro en el IV a. C.:

"el más espantoso de todos los males, la muerte, no es nada para nosotros porque, mientras vivimos, no existe la muerte, y cuando la muerte existe, nosotros ya no somos".

Por mucho que leamos esta frase, por mucho que intentemos convencernos de su veracidad y coherencia, de su (aparentemente) aplastante lógica, queda siempre un reducto de rechazo hacia ella, de sensación de falsedad o de falta de haber dado con el meollo de la cuestión.  Dicho más claro: Epicuro no nos convence.1
Dentro de la misma escuela (helenística) filosófica, el intento de Lucrecio adolece del mismo problema:

"Vuelve ahora la vista atrás y ve que nada fue para nosotros este viejo período de la eternidad que ha precedido nuestro nacimiento.  He ahí, pues, el espejo en el que la naturaleza nos presenta lo que nos reserva el porvenir después de la muerte.  ¿Vemos aparecer allí alguna imagen horrible, algún motivo para el duelo?  ¿No es un estado más apacible que cualquier sueño?"
                                                                         (Lucrecio, De rerum natura, Lib. III, vv.1336-1343, Cátedra, Madrid, 1994:228)


Tal vez quien mejor ha visto (y explicado, con una metodología fenomenológico-existencial) el fracaso del intento epicúreo por librarnos del miedo a la muerte sea Emmanuel Lévinas:

"El antiguo adagio destinado a disipar el temor a la muerte (cuando eres, ella no es y, si ella es, tú no eres) olvida sin duda toda la paradoja de la muerte, ya que oculta nuestra relación con la muerte, que es una relación única con el futuro.
Pero al menos ese adagio insiste en el futuro eterno de la muerte.

El hecho de que se escape de todo presente no remite a nuestra evasión ante la muerte o a una imperdonable distracción del momento supremo, sino al hecho de que la muerte es incomprensible.

(...)

El ahora supone que yo soy el dueño, dueño de lo posible, dueño de captar lo posible. La muerte nunca es ahora. Cuando la muerte existe, yo ya no estoy —no porque yo sea nada, sino porque no me encuentro en disposición de captar nada—.
(...)
En ese sufrimiento en cuyo interior hemos observado esa vecindad de la muerte -y aún en el plano del fenómeno- se produce la conversión de la actividad del sujeto en pasividad. Y no en el instante del sufrimiento en el que, acorralados por el ser, podemos aún captarlo, en el que aún somos sujetos del sufrimiento, sino en el llanto y el sollozo en los que desemboca el sufrimiento. Allí donde el sufrimiento alcanza su pureza, donde ya no hay nada entre él y nosotros, la responsabilidad suprema se torna suprema infancia".


                      (Levinas, Emmanuel;  El tiempo y el otro, Paidós, Barcelona, 1993, pp. 112-113)

Claro que para entender las partes más estrictamente "filosóficas" de estos fragmentos del libro de Levinas (que, en realidad, son unas conferencias pronunciadas en el College philosophique de Jean Wahl) se hace necesario aclarar siquiera brevemente qué entiende el filósofo de origen lituano y adopción francesa por responsabilidad y por infancia.

La responsabilidad es, como indica el propio Levinas en el prefacio a la edición citada, una de las figuras de la socialidad frente al rostro de otro hombre (otros ejemplos de figuras son el erotismo o la paternidad), es una limitación de la libertad.  Es, de hecho, antes y más alta que la libertad, tal como explica Félix Duque en la Introducción: "el hacerme cargo, no de la existencia propia (contra Heidegger) sino de la indigencia ajena.  Ser responsable es abrirse pasivamente (...), abnegadamante a la insondable muerte y al sufrimiento de <<otro-ahí>>, sin considerar a éste como espíritu, sino justamente como corporalidad y carne: como exterioridad".
Con la muerte adviene, pues, la irresponsabilidad: "morir es convertirse en la conmoción infantil del sollozo" (op. cit. p. 113).  Y así se compone la relación de la muerte con la infancia (nuevamente en aclaración de Félix Duque): "El sujeto, a la vista de la Muerte, vuelve a la infancia (se hace in-fans pierde la palabra-que-domina-a-la-bestia) y prorrumpe en sollozos: se hace irresponsable" (op. cit., p. 42).

El hombre es el único ser vivo que sabe que esto es lo que ocurrirá (independientemente de que no se lo formule a sí mismo en estos términos), de ahí que los intentos epicúreos arriba mencionados no nos convenzan, pues no eliminan esa "relación única con el futuro" que supone para nosotros la muerte.  Sabemos que nos va a ocurrir eso.  Digámoslo, si se quiere, en términos menos filosóficos: todo habrá acabado para nosotros cuando la muerte nos alcance.  El mundo seguirá su curso, absolutamente inconmovible por nuestra desaparición.  Se sucederán las generaciones.  Crecerán y morirán miles de árboles.  Y miles de millones de años transcurrirán en el universo, pero no ya para nosotros.  Asumir sin ápice de angustia esa infinitud de la nada que supone para nosotros la muerte se antoja tarea imposible para un ser humano (un existente, por seguir con la terminología existencial) dotado de un mínimo de sensibilidad filosófica.

Pero si el empirismo materialista del intento epicúreo no nos convence y, con Levinas, nos damos cuenta de la especial relación que mantenemos con eso que llamamos muerte, ¿cómo asumirla (si entenderla, como tal, parece imposible)?, es decir, ¿cómo integrarla en nuestro ser (puesto que, innegablemente, la muerte es parte consustancial del ser humano)?


Aparte de la filosofía (hemos visto que Levinas, como ejemplo del análisis fenomenológico-existencial,  nos ayuda a entender en gran medida lo que la muerte supone para nosotros; hay, por supuesto, muchas más "filosofías" que indagan en el asunto y que, con tiempo, acaso veamos algún día en este blog), dos caminos parecen abrírsenos a tal efecto.  Uno es el arte, que nos propone, cuando menos, una comunidad de sentimiento con aquellos otros que han padecido (pathos) como nosotros, lo cual apacigua en buena medida nuestro desamparo:



Vitae summa brevis spem nos vetat incohare longam

They are not long, the weeping and the laughter,
Love and desire and hate:
I think they have no portion in us after
We pass the gate.
 
They are not long, the days of wine and roses:
Out of a misty dream
Our path emerges for a while, then closes
Within a dream



                                                                                                       (Ernst Dowson)


El otro es la religión.  Pero de éste, Dios mediante, hablaremos en otro momento.
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  1Es el mismo problema del budismo, que también fracasa en procurarnos la salvación y la paz porque parte de una raíz imposible: la eliminación del deseo en el hombre es tan antinatural como el celibato en los sacerdotes cristianos -iniciado por el papa Gregorio VII en el siglo XI (o cualquier otra comunidad, como la de los esenios del mar muerto, supuestamente).  Volver al texto
 




domingo, 16 de agosto de 2015

Enamorados de la irrelevancia

Catherine L'Ecuyer: La sustitución del libro por tabletas es un error del que nos arrepentiremos.


Se trata de una revista a la (entre otras cosas) abogada y escritora Catherine L'Ecuyer, que aparece originalmente en el ABC del 15 de abril de 2015. 
A continuación, en elasesorfilosofico, por su interés, nos limitamos a transcribirla. 
La publicación original, aquí.

—¿Por qué hay que educar en la realidad?
—Una viñeta del humorista gráfico Faro describe un padre subiendo la montaña con sus dos hijos. Les dice «mirad hijos míos, que puesta de sol tan bonita», a lo que sus hijos responden, «jolines, papá, ¡dos horas caminando para ver un fondo de pantalla!». Hoy, nuestros hijos pueden padecer déficit de realidad, y eso repercute en el aprendizaje.
—¿Por qué?
—Para aprender hay que partir del deseo de conocer, del asombro. Lo que asombra es la belleza de la realidad. Por lo tanto, si hay carencia de realidad, hay déficit de aprendizaje.
—En su libro asegura que «necesitamos una revolución educativa». ¿En qué consiste?
—La educación no es verdadera por ser revolucionaria, sino que es revolucionaria por ser verdadera. Hemos de reconectar con la realidad de nuestra naturaleza, volver a lo esencial, a la sofisticación de la sencillez, volver a sintonizar con lo que es bello, verdadero y bueno para nuestros hijos, nuestros alumnos.
—¿Entonces no hay que innovar?
—Sí, pero innovación no siempre es sinónimo de cambio. Por ejemplo, es urgente innovar borrando los residuos de conductismo que existen en el sistema educativo, devolviendo a los niños su deseo de aprender, su asombro. Pero como decía Ferran Adrià, a veces la mejor innovación es dejar las cosas como están. En ese sentido, cambiar por cambiar o por responder a las modas tecnológicas, por ejemplo, no tiene sentido si ese cambio no contempla los fines de la educación.
—¿Y qué son los fines de la educación?
—Buscar la perfección de la que es capaz nuestra naturaleza. Llevamos años basando el sistema educativo en una serie de mitos que nos hacen buscar perfecciones de las que nuestra naturaleza no es capaz («el niño tiene una inteligencia ilimitada», «los tres primeros años son determinantes para el aprendizaje», «más es mejor», etc.). Esos neuromitos son malas interpretaciones de la literatura neurocientífica y están reconocidos como tales por la comunidad científica. Han hecho mucho daño porque han reforzado el paradigma conductista según el cual el niño es un cubo vacío al que hemos de echar mucha información. De allí la memorización y la jerarquía como única fuente de conocimiento.
—El hecho de que nuestros hijos sean nativos digitales, ¿favorece a su cerebro para agilizar el aprendizaje?
—No. Ese es otro mito tecnológico. El cerebro es plástico, pero no es infinito. Todos tenemos limitaciones que marcan nuestra naturaleza y cuando intentamos sobre pasarlas, nos pasa factura, tanto a los inmigrantes como a los nativos digitales. Los estudios resaltan, por ejemplo, que el multitarea tecnológico lleva al colapso de la memoria de trabajo, superficialidad en el pensamiento, dificultad para enfocar y desenfocar la atención. Los estudios dicen que nos lleva a ser «enamorados de la irrelevancia».
—¿Qué ocurre cuando uno se enamora con la irrelevancia?
—Sin relevancia no hay sentido. Las personas necesitamos sentido, no solo para aprender, también para vivir. Un enamorado de la irrelevancia no vive, sino que «va tirando». El exceso de información irrelevante lleva al déficit de pensamiento. Un niño o adolescente con déficit de pensamiento es un buen candidato para la manipulación ideológica.
—Muchos padres están o acaban de matricular a sus hijos en un colegio. Uno de los atractivos de los centros escolares es que dispongan de pantallas interactivas digitales. ¿Es una mejora con respecto a la pizarra tradicional?
—No está demostrado que den mejores resultados académicos que la pizarra tradicional.
—¿Pero hacen daño?
—Personalmente no creo que las pizarras digitales hagan daño en los niños mayores, si se usan de la forma en que se usaría una pizarra tradicional, con un ritmo que se armoniza al orden interior del alumno. En la etapa infantil no se justifica su uso porque la literatura científica dice que existe un déficit en el aprendizaje realizado a través de la pantalla con respecto a una demostración en directo (el llamado «Video Deficit Effect»).
—¿Cuál sería un ejemplo de uso incorrecto de las pizarra digitales?
—Que se usen para que los niños vean películas comerciales en horas lectivas, para luego cargarles con mochilas de 10 kilos de las que sacarán 3 horas de deberes cada día
—¿Y de las tabletas?
—La sustitución masiva del libro de texto es un error del que nos arrepentiremos en unos años. En Primaria, el uso de la tableta puede interferir con el aprendizaje de la lectoescritura. No es lo mismo la educación individualizada que puede dar una tableta, que la educación personalizada que solo da un maestro capaz de arrancar lo mejor de cada alumno. Si el fin de la educación es buscar la perfección de la que es capaz el niño, es preciso discernir de qué es capaz cada niño. Ese trabajo no lo puede realizar una herramienta digital, por muy buenos que sean el dispositivo y los algoritmos de sus aplicaciones, porque ese discernimiento requiere sensibilidad. Y la sensibilidad es profundamente humana, no digital. En vez de invertir en arsenal tecnológico, habría que invertir en bajar ratios y en formar y remunerar mejor a los maestros.
—En su libro reconoce que está demostrado que la tableta motiva a los alumnos.
—Los estudios dicen que motiva más porque gusta más. Pero que a los niños les guste la tableta no es un criterio educativo. A los niños también les encantan las golosinas. La motivación que procuran esos dispositivos es una motivación para la diversión, no para el aprendizaje. La prueba de todo ello es que esa motivación externa no lleva a una mejora en los resultados académicos.
—¿Y que le diría a un padre preocupado por la educación digital para el futuro laboral de sus hijos?
—Un niño tarda 2 minutos en familiarizarse con una tableta, no necesita desperdiciar 10 años de su escolarización aprendiendo a usar una tecnología que probablemente no existirá cuando acceda al mercado laboral. Esos dispositivos están programados para la obsolescencia.
—¿No ayudan al niño a ser protagonista de su educación?
—En una mente aún inmadura y que no tiene la cabeza bien amueblada, el que lleva las riendas ante la pantalla no es el usuario, sino la aplicación inteligente… En Silicon Valley, los altos ejecutivos de empresas tecnológicas llevan a sus hijos a colegios de élite que no usan ningún tipo de pantalla. Steve Jobs no dejaba que sus hijos usarán la tableta. Aquí, empieza a costar encontrar colegios que no usen esos dispositivos. En ese sentido, hay cada vez menos riqueza y diversidad en los enfoques y en los proyectos educativos.
—¿A que lo atribuye?
—El ranking de los 100 mejores colegios de España da 3 puntos a los colegios por digitalizarse. ¿Quién quiere quedarse sin esos puntos? Cuando un colegio subordina sus decisiones en función de «aparecer» o «subir» en los rankings, entonces deja de ser un colegio y pasa a ser un negocio. Hay que revisar los criterios de los rankings, así como el sistema de financiación de los colegios. No puede ser que los colegios tengan que recurrir al marketing para sobrevivir. La educación es algo sagrado, por lo tanto no debería nunca ser una arma política, ideológica, ni convertirse jamás en un negocio.
—¿Nos equivocamos los padres cuando ponemos Internet (y todo lo que ello supone) en manos de niños de temprana edad?
—En la infancia, las pantallas no son herramientas neutras porque tienen un efecto que la literatura llama «de desplazamiento». Mientras un niño está en internet está dejando de hacer mil cosas que aportan mucho más a su buen desarrollo. En esa etapa toca experimentar, tocar, sentir, ver la realidad, estrenarla en directo y, sobre todo, desarrollar virtudes que luego permitirán usar esas estupendas herramientas de forma responsable. El uso responsable de la conducción no se consigue dándole las llaves de un Ferrari a un niño de 10 años. Tampoco se consigue desarrollar la orientación espacial de un niño de 4 años jugando al escondite en un centro comercial de 40 mil metros cuadrados un sábado por la tarde. Antes de adentrarse en el mundo online, uno ha de tener la cabeza muy bien amueblada. Todo tiene su tiempo. La mejor preparación para el mundo online es el mundo offline.
—¿Se están convirtiendo las nuevas tecnologías en los nuevos educadores, robando el espacio a los padres?

—No podemos resignarnos a que «es una batalla perdida». Hemos de conseguir que la vida en tres dimensiones sea más atractiva para nuestros hijos que el mundo en dos dimensiones. Para que nuestros hijos recuperen su interés por la realidad hemos de darles oportunidades de belleza, cultivar su sensibilidad, fomentar las relaciones interpersonales, etc. Un niño que está 8 horas delante de la pantalla carece de esas oportunidades. Hemos de escuchar el grito silencioso de nuestros hijos, que nos piden atención. La atención es el termómetro del amor, es pura forma de generosidad. 

martes, 4 de agosto de 2015

Whatsapp, Ortega y Gasset y por qué el mundo es como es

Universo: hace unos 12.000 millones de años -  sin fecha prevista de desaparición

Vida en la tierra: hace unos 3.500 millones de año - sin fecha prevista de desaparición

Nosotros (homo sapiens sapiens): hace unos 200.000 años - sin fecha prevista de desaparición

Ortega y Gasset: Madrid, 1883 - ibíd. 1955

Hangouts: EEUU, 2005 - sin fecha prevista de defunción

Whatsapp: California, 2009 (despegue de lo que conocemos hoy día como whatsapp - sin fecha prevista de defunción)

Line: Japón, 2011 -sin fecha prevista de defunción

Telegram: Berlín, 2013 - sin fecha prevista de defunción

Pese a lo que a priori podamos pensar, resulta que todos estos "elementos" (en principio tan dispares) están íntimamente ligados por una sencilla "ecuación" que vamos a intentar desarrollar con brevedad.


I.  Apps de mensajería

Resulta que Whatsapp, esa aplicación utilizada por unos 450.000.000 de homos sapiens al mes, no encripta los mensajes, no es app nativa de android (no viene instalada "de serie" en los dispositivos android), no permite desconectarse de ella mientras tienes tu smartphone encendido, no permite enviar archivos de más de 16MB y ni siquiera es gratuita.

Tenemos, frente a ella, a Telegram, que encripta los mensajes (e incluso los elimina del todo permitiéndonos configurar cuándo), permite enviar archivos de hasta 1GB, funciona en cualquier plataforma (android en dispositivos móviles, pcs con windows, etc.) y es completamente gratuita.

Disponemos, también, de Line, que ademas de ser igualmente gratuita (del todo) incluye una serie de funciones y complementos (todos gratuitos) como cámara, antivirus, card (postales virtuales), tools (compás, cronómetro, y muchas más).

Está Hangouts, que también es gratuita, es app nativa de android (viene instalada de serie en todos los androids) y, por lo demás, bastará decir que, al formar parte de Google, se beneficia de todas las ventajas (es decir, comodidades) que los usuarios podemos obtener de ello.

Pese a todo ello, resulta que los 450.000.000 de homo sapiens se quedan con una aplicación que, repetimos:
  1. No es gratuita (todas las demás sí)1
  2. No permite enviar archivos pesados (Telegram sí)
  3. No respeta en lo más mínimo la privacidad de los mensajes intercambiados (Telegram sí)
  4. No es app nativa de android (Hangouts sí)
  5. No permite desconectarte de ella mientras estás online (como mínimo Hangouts sí).
  6. No funciona en todas las plataformas: hasta hace poco sólo smartphones; desde hace algún tiempo también en web, pero con multitud de bugs y problemas.  (Hangouts y Telegram, sí)
  7. No incluye ninguna utilidad más (Hangouts y Line sí).

Por si todo esto fuera poco, recordaremos que en todas ellas, salvo en Hangouts,2 está disponible la que pudiera argumentarse como característica estrella de Whatsapp: la posibilidad de configurar grupos.  Luego, ni siquiera ésta es una razón.


La pregunta entonces es: ¡¿Por qué Whatsapp?!


II.  Ortega y Gasset y La Rebelión de las masas (1929)
La tesis de Ortega y Gasset en La rebelión de las masas es que "la perfección misma con que el siglo XIX ha dado una organización a ciertos órdenes de la vida es origen de que las masas beneficiarias no la consideren como organización sino como naturaleza".
Tras plasmar dicha tesis en el capítulo VI de dicha obra, nos recuerda en el VII que "somos aquello que nuestro mundo nos invita a ser (...), vivir no es más que tratar con el mundo".

Tendríamos entonces una situación que podríamos esquematizar más o menos así:

En un determinado momento algún grupo de homo sapiens habria empezado a utilizar whatsapp como app de mensajería por defecto.  
Sin que exista, es más, sin que sean capaces (porque les es un asunto completamente ajeno, al modo en que Ortega lo plasma en su tesis) de plantearse una explicación basada en criterios objetivos de por qué esa app sea mejor que sus alternativas, un segundo grupo de personas (conectados por lazos de parentesco, amistad, etc.) comenzaría a usar esa misma app para poder estar en comunicación con los miembros del primer grupo.  
El procedimiento se iría extendiendo paulatinamente a más y más grupos, así hasta alcanzar al final del proceso esos 450 millones de homo sapiens que, de hecho, usan whatsapp como su app de mensajería por defecto.

Regresemos un momento a Ortega. 
Por definición, la mayoría de esos 450.000.000 de homo sapiens han de formar parte de lo que Ortega denomina "masa" 3, no de la "minoría selecta".
Y es precisamente esa masa la que ha erigido a whatsapp como la app de mensajería por excelencia y, una vez alcanzado (de modo tan arbitrario y poco meritorio) tal estatus, la app permanece como tal, entronizada sin criterio alguno de eficacia, eficiencia, comodidad o cualesquiera otros que pudiéramos pensar como más aptos para que ocupara dicha situación. Porque, además,  el reducido conjunto de homo sapiens que no acaben de comulgar con tal estatus se encontrará aquí y acullá con que, a su pesar, acabarán  teniendo que instalar y usar whatsapp para poder acceder a informaciones de su trabajo/estudios/amistades/etc, puesto que, efectivamente, la susodicha aplicación será la utilizada por defecto en esos ámbitos (trabajo, universidad, familia,etc.) que dicho conjunto de homo sapiens (minoría selecta de Ortega) comparte con alguno de los grupos que ya habían adoptado la app acríticamente (masa).


III.  Por qué el mundo es como es
Si extendemos el modus operandi esquematizado en el punto anterior a otros posibles escenarios, tendremos entonces que el mundo, tal como nos lo encontramos cuando llegamos a él (la tradición heredada en Ortega), habría sido entonces conformado mediante dos vías:

una,  desde más o menos el siglo XIX (el advenimiento de las masas) por las correspondientes masas que se han ido sucediendo desde entonces, frente a las cuales las minorías selectas no habrían podido hacer nada en términos "prácticos", salvo oponerse y aceptar las consecuencias o bien aceptar a regañadientes lo impuesto (de hecho) por la masa;

la otra, anterior, cuando las masas no se habían aún inventado, y la imposición vendría entonces de los centros de poder (Jefe de la Tribu, Iglesia, Reyes, etc.).

El hombre vulgar, dice Ortega,4 al encontrarse con ese mundo técnica y socialmente tan perfecto, cree que lo ha producido la naturaleza (...) pertenece al conjunto de lo que "está ahí", de lo que decimos "es natural", porque no falta.

Así sería como Whatsapp tampoco falta (no puede faltar) en el smartphone de todo homo sapiens que se precie, porque "es natural", "está ahí": ha de estar ahí.

A lo largo de la historia, entonces, se nos habrían ido imponiendo toda una serie de modus vivendi (sistemas de gobierno, económicos, regímenes políticos, costumbres sociales y religiosas, prácticas sexuales, etc.) que, como whatsapp hoy, ni eran los mejores, ni los más eficientes, ni los más libres, ni los que, en definitiva, hubiéramos elegido nosotros, si antes otros no los hubieran ya elegido por (nunca para) nosotros.

O dicho de otro modo: que no nos convenzan de que el mundo jamás podría haber sido distinto de como es, porque sí, resulta que sí podría haberlo sido. Tan "sencillo" como, ahora mismo, desinstalar whatsapp y cambiarla por otra (y mejor) app de mensajería.



Edit: No olvidamos que, en los orígenes de whatsapp, uno de los factores que contribuyó a su masificación fue el ser compatible (frente a otras apps que, o no lo eran, o bien ni siquiera existían por aquel entonces) con el S.O. Symbian de Nokia; ahora bien, este hecho deja intacta la cuestión que en este post se trata: ¿por qué, una vez disponible toda una amplia gama de apps de mensajería, todas ellas gratuitas y, seguramente (tal como hemos pretendido demostrar en esta líneas) mejores, se sigue optando por whatsapp como la app de mensajería por defecto?  A ello hemos intentado dar respuesta en este post.
Por último, pero no por ello menos importante: no, no recibimos comisión ni somos amigos de nadie relacionado con ninguna de las apps de mensajería alternativas a whatsapp.  El único leit motiv que guía tanto este post como todo los demás es la insobornable búsqueda de la verdad (sea eso lo que sea) que caracteriza a la filosofía como actividad intelectual y actitud práctica.




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1 Conste que si insisto en lo de la gratuidad no es por ser un tacaño recalcitrante, sino por la incomodidad que en sí supone el tener que pagar los 0,78€ al año (si tienes contrato te lo descuentan de él, pero si no o bien efectúas el pago mediante tarjeta o bien tienes que buscar a alguien que lo pague por ti con su tarjeta, etc. Nadie negará que la opción de la gratuidad es mucho más cómoda... y barata, claro).
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Al contrario que en el marxismo, en Ortega ni el de "masa" ni el de "minorías selectas" son conceptos sociológicos, sino antropológicos: 

"masa -dice Ortega, ibíd,  Cap. XII- no designa aquí una clase social sino una clase o modo de ser hombre que se da hoy en todas las clases sociales"; 
"el hombre selecto -ibíd. Cap. I- no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más que los demás, aunque no logre cumplir en su persona esas exigencias superiores".
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2Aunque los grupos no se guarden (habría que volver a añadir a los integrantes para una nueva charla), en hangouts también se pueden llevar a cabo charlas en grupo.
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4ibíd., Cap. VI
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